martes, 24 de diciembre de 2019

¿Me gustan las Navidades?


Con los números cantados y el tradicional envío a la basura de décimos y participaciones, empiezan las Navidades. ¿Empiezan? Sí, ha habido ya un periodo largo de adornos, de anticipación, de celebraciones a las que se califica “de Navidad”. Pero el verdadero sentimiento, para bien y para mal comienza el día de la lotería.
Y es que salvo ausencia o atrofia de la capacidad de sentir, en Navidades se siente. Aunque uno haya guardado las emociones en el frigorífico y no tenga ninguna gana de sacarlas de ahí, se las encuentra servidas en la mesa calentitas. Bueno, quizá los milennials no lo hagan. Quizá para los más jóvenes de ellos, o para algunos de los más jóvenes pero no niños, la Navidad sea solo un hashtag o algo más de lo que ser hater. Pero no me creo que se libre alguien de mi generación o de las cercanas, aunque proclame su indiferencia: hemos sido programados para ponernos blanditos esas fechas.
Lo que siento ahora viene del pasado.
Lo mejor, la recuperación del aroma de magia que existía en la infancia. De la sensación tan estimulante, tan bonita, tan llena de nervios y de encanto de lo extraordinario. La fantasía se abría a la realidad, y el mundo era gobernado por magos. Esa sensación ya no se genera en el presente, pero la puede rescatar del almacén de la memoria, y saborearla casi igual que si fuera fresca. Por eso me gustan los villancicos, los que escuchaba en la infancia, o aún en la adolescencia, los que son muy horteras o expresan una alegría limpia y despreocupada, una alegría que nace porque es su momento, porque es oportuna y deseada. A ellos está unida esa sensación que me permiten recuperar. También algunas películas, porque las vi en Navidades pasadas o porque saben transmitir esa misma sensación que yo he vivido. Algunos adornos, también los más horteras, los más llamativos y nada originales, no los elegantes y sobrios; los que le gustan a un niño inocente y no a un adulto pretencioso. Y los sabores, algunos sabores, que pese a que ahora se puedan encontrar todo el año, yo reservo solo para estos días, para que no pierdan su poder.
Me gusta también toda esa historia de la paz y amor. En el pasado me lo creía y me emocionaba. Pensaba que todo el mundo respiraba amor y se transformaba, veía elfos. Imaginaba que todos éramos capaces de elevarnos a mejores mundos. No me puedo creer ya que en el fondo seamos buenos, y que eso se refleja en estos días. Pero sí puedo creer y disfrutar esa intención de ser mejores, que se expresa en estos tiempos, aunque se prometan permanentes y sólo duren un instante. A mi edad ya he aprendido a valorar eternidades efímeras. Y me gusta, claro, recibir buenos deseos, cuando tienen algo personal, aunque sea algo mínimo como un nombre, y no son simples memes recibidos por estar en una lista de contactos.
Pero sentir…sentir siempre tiene sus riesgos. De ese mismo pasado vienen recuerdos que ahora tienen la amargura de lo perdido y la tristeza de los vacíos irremediables.
No me apetecen esos tiempos, porque no los domino, no tengo en ellos el confortable confort de la rutina. No se a donde me pueden llevar, no tengo a Rudolph en mi trineo.
No me apetecen, las temo. Aun así, no reniego de ellas. Y no sólo porque van a volver año tras año, me guste o no. No quiero ser en esta ocasión un cínico amargado. Ya lo seré en otros momentos, en carnavales por ejemplo. Simpatizo con las Navidades. Valoro sus buenos propósitos; lástima que las personas no estemos a la altura. Aplaudo la alegría que proporcionan a los inocentes y a los mayores que tienen al lado, que crean y mantienen la magia. Agradezco poder vivirlas, tener con quien compartirlas. Y quizá sea bueno, seguramente sí, incluso necesario, recuperar esa parte de uno que se esconde y se niega cuando se es adulto, que es capaz de asombrarse y participar por completo, sin reservas, de la embellecida realidad. Esa parte que es capaz de entregarse por completo a la ilusión.
Feliz Navidad.

martes, 3 de septiembre de 2019

La funcionaria asesina


Sueño. Mucho sueño. Un día más. Harta de tener sueño. De
moverme con el peso del sueño. De pensar con sueño. Siete y media de la mañana.
Hora punta y cinco minutos de espera en el metro. Genial. De nuevo irá a tope y
seguro que sin aire.
Mucho sueño. Abrir la ventana está claro que no sirve de
nada. Lo único que entra es ruido. A la una, gente gritos y risas violentas, y
pienso que hay personalidades que el alcohol no debería liberar. A las dos y
veintitrés, un tipo en su coche parado en el semáforo con reggaetón a tope, y
pienso que el volumen debería poder elevarse hasta hacer estallar cabezas. A
las cuatro treinta y seis, una sirena en una avenida que imagino vacía, y
pienso que el ruido es una forma de violencia tolerada. Una agresión, una
imposición, una invasión bárbara en un monasterio…Quizá debería dejar el aire
toda la noche…no creo que aún para que el así durmiera mucho…pero al menos
estaría más a gusto…y mis pensamientos serían algo más fríos.
Ya llega el metro. ¿Entro? Sí, entro, con el espacio justo
para no ser emparedada. Con agobio, con calor, con olor. ¿Y el tipo éste de la
mochila? ¿No puede entender que hay que dejarla en el suelo, entre las piernas,
y no llevarla como caparazón? Empujo la mochila que me está golpeando la cara.
Ni se entera. Aislado con sus auriculares a máxima potencia. Consciente de su
ser lo justo para no morir. Inconsciente de su condición de elemento, de
participante en una realidad compartida. Ni siquiera como obstáculo. No me
extraña que le guste escuchar música; debe tener una acústica maravillosa en su
cabeza vacía. Hasta que se quede sordo, como Quasimodo tras demasiados
campanazos. Es una pena que a este figura no le diera por vivir también en Notre
Damme.
Venga sí, bájate… si no te pilla la…¡Avalancha! Ojo a la gorda.
Ha visto un asiento libre, y ha entrado al vagón al asalto, sin esperar un
instante. Sin desviarse. Si nos apartamos o no es nuestro problema. Hay una
determinación salvaje en su mirada. Un trono que ocupar, y enemigos, nosotros a
los que tiene que derrotar. Consigue su objetivo. Menos mal que la madre detuvo
a su niña, y evitó que perdiera una de sus dimensiones. El hombre enjuto del
asiento de al lado sufre la invasión de un culo imperial. La diosa africana de
la fertilidad respira agitada, mientras mira el móvil.
La imito. Huyo yo también al mundo detrás de la pantalla. Me
ha escrito Federico. ¿Qué tal hoy mi princesa? Mi Fede. Tan mono como un oso de
peluche gigante…y tan buen amante como un oso de peluche gigante.
Otra vez Lola, presumiendo de vacaciones en su perfil. La
que, cuando estaba en paro, decía que yo tenía mucha suerte siendo funcionaria.
Suerte. Dejarse los cuernos estudiando, horas y horas, meses y meses, para
conseguir un puesto con un sueldo casi mileurista. Ahora ella ha conseguido que
su tío por fin la contrate, y le pague un sueldo que no merece. Imposible que
lo merezca. El aire ya es más de lo que merece.
¿Y el chaval este que se sienta en el suelo del vagón? Se
creerá un malote, un rebelde. Pero no le mueve la ira; solo la comodidad y la
tontería. Su falta de respeto a las reglas es capricho infantil, no protesta. Sus
motivos son burgueses. Si hubiera algo en él de rabia auténtica le respetaría.
Pero es todo artificio, virtualidad. Lo sé porque yo si conozco la rabia
auténtica. Desde que recuerdo. La rabia que me hizo morder a una niña en judo, que
convirtió una raqueta en arma en tenis, que le dio una paliza a mi instructora
de yoga, que arrojó una taza, con acierto, contra mi primer jefe. Esas
explosiones de rabia por las que sabía que debía sentir culpabilidad, pero la
verdad era que no lo sentía. Y eso me acabó convenciendo de que había algo malo
en mí, que debía contener. Llevo años dominándome. Con voluntad y con ayudas. Estudié
la oposición, me comporto como una razonable mujer de 30 años, y me siento
muerta en vida.
Me reprimo, me disfrazo, para adaptarme a esta sociedad que
se supone civilizada. Si lo fuera, si viera en los demás educación y respeto
por el otro, cumpliría sin quejarme mi parte del contrato. Pero en este mundo
no hay colaboración, sólo competencia. Donde hay apariencia de paz, existe en
realidad una pelea amañada. Las reglas sirven para que venzan los tramposos.
Todo aquello que no me gusta de este mundo, todo aquello que
no me gusta de mi vida, todas las ideas y emociones negativas se han ido
acumulando en mí. Las noto dentro. He aprendido a frenarlas pero no a
apagarlas. Aún tengo fuerzas para contenerlas, pero cada vez me cuesta más
encontrar razones para hacerlo.
Mi parada. Y estás dos se plantan delante de la puerta. No
evito el choque con una de ellas. Creo oír un gruñido. Dime algo, vamos.
Alégrame el día. Voy muy cargada y me vendría bien dejar salir algo de rabia,
antes de que entrara algo nuevo.
Llego al trabajo. No recordaba que hoy tengo que atender
citas con los contribuyentes. Necesito un café doble antes de empezar. Hoy
tampoco será el día en el que empiece a reducir la dosis.
Me siento a atender, con mi bolígrafo, y mi lápiz muy
afilado.
Leo el nombre de mi primer cliente. Genial. Le conozco. Un gestor,
un profesional deficientemente cualificado, un inútil maleducado: mi tipo de
hombre preferido.
- Buenos días.
- Buenos días – Contengo el idiota.
- Bueno, vamos a ver. Mi cliente ha recibido esta carta y le
habéis dejado hundido. Ya bastante tenía con la liquidación y ahora esto. Es
demasiado.
- Déjeme ver…sí, le liquidamos por poner gastos que no eran
deducibles y ahora le comunicamos la sanción. – La que no habría tenido si no
tuviera un gestor tan nefasto como tú; pienso, cerrando fuerte la boca.
- Es tremendo, me parece un abuso. Malo era que le quitarais
unos gastos que yo estoy convencido que eran perfectamente válidos – por
supuesto, el gimnasio y un fin de semana en una casa rural, fundamentales para
la actividad -. Lo que pasa, es que bueno, contra la burocracia ya se sabe. – sobre
todo cuando tus argumentos son basura- Había convencido a mi cliente, para que
aceptara el golpe, que es un golpe para un humilde autónomo como él, y ahora
nos venís con esto…Esto sí que no lo vamos a aguantar. Hay que arreglarlo.
- Puede presentar alegaciones. Y si no son estimadas, un
recurso o una reclamación económico-administrativa – Es posible que sin tener
ninguna razón ganes, tampoco andamos sobrados de justicia.
- No, no. Esto se tiene que arreglar ya. Si tu no puedes
hacerlo, quiero hablar con alguien con más nivel que tú. - ¿Perdona?
- No, ya estoy yo para atenderle. Estoy más que de sobra cualificada
para atenderle, y para informarle de que la culpa de esta sanción la tiene
usted, por ser un gestor lamentable, un mentiroso muy torpe. Y su cliente se
tiene que pagar el contratar los servicios de alguien tan penoso como usted.
- ¿Pero cómo te atreves? ¿Quién te crees para criticarme? Yo
pago su sueldo.
- No idiota, no. Mi sueldo lo paga el Estado. El Estado que
defiende, o debería defender, el interés de todos, incluso de parásitos como
tú.
- ¿Qué dices? ¿qué dices? Voy a poner una queja. No, no, ¡te
voy a denunciar! Dime tú nombre, ahora mismo. ¿Por qué te levantas? ¿Qué estás…?
Se quedó paralizado viendo venir el lápiz que se clavó en su
ojo derecho.
- ¡Mi nombre es Isabel! ¡Apúntalo! ¡Apúntalo!  Él estaba en el suelo y yo encima suyo. Le di
puñetazos, patadas. Me sentía libre. Al fin despierta, al fin viva. Cogí el
libro de leyes tributarias de la mesa. Hice un alzamiento sacramental con las
dos manos del gran volumen, y le golpeé con él la cabeza. Una y otra vez. Mientras
lo hacía, repetía una y otra vez: - Isabel, Isabel, Isabel…


domingo, 10 de marzo de 2019

La danza que apaga fuegos


Suena el despertador

Hoy es día de examen

Pero no da mucha pereza; es una de las asignaturas favoritas

El sagrado ritual empieza con la purificación del cuerpo

El prólogo en prosa de la epopeya

Alimentos tradicionales, energía salvadora

Expulsar mercancías del templo

Bendita agua fresca, que pone la carne a tono con el alma

Luego vestirse de gala

El uniforme de los días grandes

El vestuario que recuerda que ese día toca ser héroe

Y que lo importante no es que el individuo gane una batalla

Sino que el ejercito logre una victoria global

No, no lucho solo en esta pelea

Combate de los sueños contra sus grandes enemigos:

Tiempo, espacio y limitaciones del cuerpo

Conmigo estarán los otros miembros de la cuadrilla

El comando del arte

Legionarios con tutú

Bailarinas de pelo en pecho

Los que refuerzan, impulsan y animan

Artilleros del humor

Juntos llegamos al kilómetro 0

El punto de encuentro de múltiples destinos

Comenzar los preliminares, inicio básico

Ponerse en situación

Quitarse ropa

Aclimatar la piel

Descubrir sensaciones

Aumentar las pulsaciones

Subir la intensidad progresivamente

En el momento oportuno, saber colocarse

Y que comience el baile

La carrera es danza más que batalla

Arte esforzado

Belleza esculpida paso a paso

Más hermosa en fondo que en forma

Representación con mensaje

Oda a la fuerza de espíritu

Poema de amor a la voluntad

Al empezar, hay que encontrar sitio en la pista

No cuesta mucho en tan magno escenario

Gran vía

Preciosa Celestina que nos facilita una cita con un una Diosa

Es fácil apresurarse

No se quiere demorar el encuentro

Es posible perder la cordura

No es prudente

Pero a veces la locura lleva más lejos que la sensatez

Después empiezan las dificultades

La cabeza se pone al mando

Ecuaciones dinámicas

Ilusión variable en función de posibilidades

Temor a las incógnitas

Se divide el sufrimiento

Los golpes no son muy duros

Pero el castigo es prolongado

Estamos al borde de la rendición

Pero de pronto la situación se inclina a nuestro favor

Es hora del placer sacrificado

El momento de lanzarse a la carga

Faltan tambores

Pero las zapatillas se pueden convertir en instrumento de percusión

Tac, tac, tac, tac

Hay que sentir el ritmo

Y prepararse para el gran final

La meta se sabe cercana

Pero si falta fe

Hace falta ver para creer

Cuando los ojos avisan

Las piernas rejuvenecen

Canto de un cisne que renacerá

Quizá sea un éxito

Si la crítica no es muy severa

Satisfecho de la actuación

Ascenso de confianza

Experiencia disfrutada en selecta compañía

Que puede ser contada y repetida






martes, 18 de septiembre de 2018

Maratón de Oporto - Capítulo III -El tiempo no es el juez

No puedo pretender aspirar a una buena marca en Oporto. No tiene sentido habiendo optado por una preparación exprés, después de dos meses de muy escasa actividad. No puedo aspirar a superar, ni siquiera a acercarme, a otras versiones anteriores mías mucho mejor preparadas. Y si pretendiera marca no elegiría un maratón como el del Oporto. Escoger un maratón rápido, la lista, y elimina algunos duros pero muy bonitos.
En mis tiempos de gloria, gloria privada quizá pero gloria, si he llegado a proponerme marcas desde el principio de la aventura. Pero lo fundamental en mi búsqueda, como creo que en la mayoría de los corredores que fijan un tiempo objetivo, no era la marca en sí: lo que de verdad pretendía era alcanzar el mejor yo posible, saber hasta donde podía llegar exprimiendo al máximo mis posibilidades. Cierto que el super yo al que se aspira está limitado a una actividad. Pero es una actividad que implica una entrega completa, ya que requiere un poderoso ejercicio de voluntad, una mente sólida y sensata y un cuerpo en las mejores condiciones. 
La intención es ser escultor de uno mismo. Autor y obra. Si uno asume el reto con proporciones elevadas de compromiso e ilusión puede lograr importantes transformaciones. En el año anterior a mi segundo maratón, mejor marca en Madrid, entre otros efectos, conseguí bajar ocho kilos. Cambié a una talla a la que ahora intento aferrarme con desesperación, conteniendo cada vez con mayor dificultad al gordo que habita en mí.
Así que, como proceso de mejora y método de adelgazamiento, puede estar muy bien. Pero tiene riesgos. Se me ocurren los siguientes:
- Fliparse. Si se da mucho se puede recibir mucho, pero no hay que pasarse. Hay que evitar convertirse en un fanático. Una aventura que debería ser esforzada pero bonita y divertida, puede transformarse en una amarga condena llena de obligaciones y sacrificios excesivos. Y lo que es peor, uno se puede poner pesadísimo. La marca podría llegar a ser un Moby Dick.
- Venirse muy arriba. Plantearse objetivos que nos vienen grandes, puede provocar que nos hagamos daño en el intento, al forzar a trabajar a nuestro cuerpo como a un niño que hace zapatillas deportivas. Además origina frustración…que pueden pagar los que uno tenga al lado.
- All in, o todo o nada. Puede ocurrir que si iniciamos una carrera con un tiempo en la mente y no vamos marcando los pasos intermedios previstos, nos desmoralicemos, perdamos por completo el ánimo, y el resto del recorrido, aunque todavía tengamos fuerzas de sobra, nos parezca interminable y desagradable. Eso si no abandonamos. Una voluntad motivada por la recompensa de la marca puede venirse abajo al ver que ya no es posible. 
- Concluir que mérito=marca. Resultado casi nunca es equivalente al mérito en ningún aspecto de la vida. En la maratón eso debería ser evidente. Primero, por supuesto, por las capacidades y circunstancias de cada uno. Segundo, porque depende mucho del recorrido y de las condiciones del día de carrera.
- Medio, no fin. La marca no es la calificación de nuestra historia.  El aprovechamiento o no del tiempo dedicado a la empresa no depende del crono final. Aunque nuestra lucha no se hubiera producido nunca si no hubiéramos tenido en mente la marca, el fin real es la lucha. El beneficio obtenido son los momentos vividos gracias a nuestros empeños y los recuerdos que nos deja.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Maratón de Oporto - Capítulo II - Imaginando una meta


Es fácil para mi imaginar un buen final, después de 11 experiencias de maratones, ninguna de las cuales puedo calificar como mala. Nunca, desde que acabé la primera, he dejado de tener ganas de vivir otros finales, con parecidos pero nunca iguales.

Pero esa misma experiencia me hace saber bien el esfuerzo que supone aceptar el compromiso del maratón. El esfuerzo, el tiempo dedicado, el desgaste que produce, el riesgo de lesiones, el factor económico, y lo que es menos evidente, el coste de oportunidad. El coste de oportunidad es el valor de aquellas actividades, de aquellas otras experiencias, a las que se renuncia para poder correr un maratón. Se necesitan las condiciones adecuadas para que la historia alcance el atractivo final.

Llevaba tiempo sin que se dieran para mí esas condiciones. El corredor de fondo es él, su genética y sus circunstancias. Mis circunstancias hacían que tuvieran que gastar mucha voluntad y energía para mantenerme bien en el día a día, y no quedaba la suficiente de ninguna de ellas para iniciar una preparación de maratón. Además, si bien correr de manera relajada puede ser una forma de evadirse, y restar importancia a preocupaciones cotidianas, el golpe de realidad que se siente al entrenar con intensidad puede provocar que se venga abajo el artificio en el que tratamos de encerrar emociones dañinas. Correr con sufrimiento implica un ejercicio mental exigente, y no se le puede pedir a una cabeza que está a muchos kilómetros que ayude a avanzar el siguiente metro.

Hasta que un día las ganar de vivir la historia número doce, y el pensar que tener un objetivo que a la vez fuera una ilusión me sentaría bien, me hace planteármelo. Y empiezo a mirar posibles escenarios para ese final. Escenarios nuevos, lugares bonitos a los que apetezca viajar, para conseguir que el mero hecho de ir ya sea un aliciente. No importa que no sus recorridos sean favorables para una marca. No es el objetivo. Oporto acaba ganando, por una combinación de factores: no haber estado allí, belleza, viaje corto, economía, gastronomía…Decido que de premio al éxito, sería muy desalentador plantearme otro resultado, me daré unos días de vacaciones allí.

Habiendo conseguido un final motivador, hay que realizar una negociación interior para encontrar recursos para llevarlo a cabo: con estar para acabarlo…una preparación corta puede ser suficiente…la idea es disfrutar.

Establecido el acuerdo de mínimos, doy los pasos para crear el compromiso: comunicar a las bailarinas mi intención, inscribirme, hacer reservas…

La estructura de la obra ya está creada, la fecha y el lugar de su gran final confirmada. La maquinaria se ha puesto en funcionamiento; ahora hay que mantenerla en marcha hasta el final del viaje. Más madera.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Maratón de Oporto - Capítulo I- Empezando por el final


Situémonos en una bonita ciudad, una mañana de domingo. El protagonista de nuestra historia, digamos nuestro héroe, corre mirando fijamente a una meta que ya puede ver con claridad. Cada vez un poquito más cerca. Su cara muestra una sonrisa, pero también expresa dolor y fatiga. Ha llegado hasta allí después de 42 kilómetros en los que ha experimentado múltiples sensaciones: buenas, malas e inclasificables. Ha llegado hasta allí después de una larga y dura lucha. Una lucha que a veces le ha causado sufrimiento, pero de la que la verdad ha disfrutado: mientras se entregaba por entero a esa lucha ha sentido como la vida fluía con fuerza en su interior.

En la fragilidad, provocada por el gran cansancio, que ha aparecido en los últimos kilómetros, las emociones han tenido campo libre, la cabeza no tenía fuerzas para controlarlas.  Una idea, un recuerdo, su nombre pronunciado por un desconocido, un rostro recuperado por la memoria…la reacción provocada por cualquier estímulo, interno o externo, era intensa y profunda. Se confundían la alegría y la tristeza, creando un sentimiento dulce y agradable.

Ahora, llegando al final, recupera fuerzas. Se siente muy orgulloso de haber sido capaz, gracias a la fuerza conseguida con los entrenamientos. Piensa que ha exprimido al máximo sus posibilidades, sin que por ello el dolor haya sido demasiado intenso ni demasiado prolongado. Recompone el gesto, hay que salir bien en la foto. Cree correr con ligereza, pero en realidad apenas cambia el paso cansino con el que avanza desde hace tiempo. En su interior una fresca y potente satisfacción, acompañada de un gran alivio. Pronto va a poder cumplir un apremiantes deseos: quitarse las zapatillas, qué placer, sentarse o mejor tumbarse, y beber y comer algo con tranquilidad. Más adelante, después de una ducha y algo de descanso, celebrará el triunfo y lo compartirá con todos los que de alguna manera han ayudado a conseguirlo.

Si este final resulta tan atractivo como para desear convertirlo en realidad y vivirlo, tanto como para estar dispuesto a realizar lo necesario para materializarlo, tanto que impulsa a ponerse en acción y sirve de motivación para superar las dificultades, esperadas e imprevistas, que se van presentando, entonces ese final se convierte en el inicio de una gran historia. Así comienza la mía.

lunes, 30 de julio de 2018

El corredor de fondo y el sufrimiento


Todo corredor de fondo conoce lo que es el sufrimiento. Es inevitable que aparezca en un largo camino, ya sea por simple cansancio, por las dificultades del recorrido, o porque algo empieza a ir mal en el interior del corredor.

El que mejor conoce el sufrimiento es ese tipo de corredor de fondo, como yo, que apenas se para cuando alcanza una meta, ya que la meta es excusa y no objetivo. Ese tipo de corredor de fondo que no sabe bien que es lo que pretende alcanzar, que sólo tiene claro que prefiere continuar en movimiento a quedarse parado.

Cuando aparece, puede ser en forma de ligera molestia, de dolor controlable o con una intensidad tal que domina. Es peligroso que llegue a dominar al corredor. A veces para recuperarse es suficiente detenerse y descansar un poco, pero en otras ocasiones no basta con eso; el dolor permanece e impide volver a ponerse en acción, seguir adelante. En esos casos, el dolor no sólo viene de dentro; el exterior también se oscurece y se convierte en un entorno hostil. El corredor de fondo se siente entonces sin fuerza, sin capacidad para continuar y, con frecuencia, solo.

El corredor puede encontrarse con que aquellos que solían acompañarle dejan de hacerlo cuando el sufrimiento es prolongado e intenso. Sentirá con dolor su marcha. Es natural que se enfade, que sienta rabia, y al mismo tiempo tristeza y debilidad.

Si le domina el dolor, es probable que tampoco la ayuda de los que sí desean acompañarle sirva de mucho. Puede no sentirse comprendido, puede sentirlos lejanos, aunque estén a su lado. No valora su intención, ni el cariño que les impulsa, y continúa sintiéndose solo.

Cada uno debe encontrar la forma de evitar ser dominado por el sufrimiento. Hay quien es capaz de liberarse del más intenso dolor por voluntad inquebrantable, por fe inagotable, por tener una motivación que está por encima de todo, o por poseer una luz interior que nada apaga. Otros, como yo, carecemos de estos dones, y en ocasiones tenemos que distanciarnos de alguna manera de la situación que tanto nos duele. No es una huida, pues la fuga casi nunca puede ser exitosa. Es un retroceso, la búsqueda de un lugar donde se puedan recuperar energías, donde podamos encontrar la paz necesaria para preparar la estrategia de la victoria. Esa distancia se consigue llenando el pensamiento de algo que no duela. Puede ser la frescura del agua, algo que comamos en un avituallamiento que nos sepa a gloria, jugar a un sencillo juego inventado sobre la marcha, fijar la atención en algo que se encuentra en el camino…cualquier medio, por tonto que parezca, que nos proporcione un momento de alivio.

Si el corredor de fondo es quien domina el dolor, encontrará fuerzas y ganas para seguir adelante, y podrá reconciliarse con el exterior y con los demás. Puede llegar a comprender a quienes se suponía que iban a quedarse, pero no lo hicieron. Puede considerarlos egoístas, pero él también lo fue cuando el dolor le hacía concentrarse en sí mismo. Quizá tengan sus razones, necesidad de protegerse. Puede que sentir el dolor ajeno, les despierte otro propio que se esfuerzan en mantener dormido. Quizá piensen que poco más pueden hacer por el que sufre, que si se quedan sacrificarán sus posibilidades a cambio de una ayuda que nada cambia. Quizá simplemente no sean tan poderosos como sus promesas, algo muy común. En calma, el corredor podrá recordar también los buenos momentos compartidos. Es posible que sonría si vuelve a encontrar en el camino a los que se fueron, aunque no espere que se queden cuando el recorrido vuelva a complicarse.

Si tiene el control el corredor de fondo sabrá apreciar y agradecer la compañía de los que se han quedado. Aun cuando no hayan sabido que hacer o que decir, su mera disposición endulza el dolor. Apreciará también sus bromas y sus intentos de distraerle, gestos que, aunque puedan parecer inapropiados en momentos de dolor, muchas veces son los que más ayudan, haciendo sentir más ligero, y por ello reduciendo el esfuerzo de seguir en movimiento.  

El corredor de fondo también agradecerá el aliento de aquellos que se encuentra a los lados de su recorrido que, sin conocerle, ni conocer el origen del dolor, le animan y le muestran su apoyo.



Hay quien considera malo todo sufrimiento, hay quien le ve el lado bueno. Los últimos creen que forma inevitablemente parte de una vida intensa. También que nos hace aprender a encontrar recursos para superarlo y con ellos estamos más capacitados para afrontar futuras dificultades. Además, nos permite comprender mejor el sufrimiento ajeno. Estoy de acuerdo con ellos, pero a la vez pienso que el sufrimiento desgasta y nos debilita, que deja huella y oscurece el ánimo, aunque nuestra naturaleza esté adaptada para esconder los malos recuerdos.

El corredor de fondo no busca el sufrimiento ni huye de él. Sabe que va a aparecer en algún momento del camino, con aviso o por sorpresa. Sabe que por mucho que aprenda a dominarse, a centrarse en el movimiento, las sensaciones y las emociones aparecen, y si fuera posible cerrar su paso, tampoco disfrutaría de aquellas por las que merece la pena esforzarse. Si nada sintiera, si el camino fuera sólo continuidad, aunque fuera continuidad en la comodidad y en la tranquilidad, valdría más detenerse. Hay momentos en los que se disfruta, momentos en los que se sufre y muchas veces momentos en los que simultáneamente se disfruta y se sufre. Al corredor de fondo veterano, con muchos kilómetros, con mucha experiencia, le cuesta disfrutar mucho tiempo sin que aparezcan recuerdos de sufrimientos pasados o sin que tema sufrimientos que pueden llegar. Del mismo modo cuando sufre, puede imaginar el bienestar que alcanzará cuando terminen las dificultades, y también puede pensar que ese sufrimiento forma parte de una historia, una historia que crea metro a metro, una historia con comedia y drama, por la que merece la pena pelear. Y la lucha, cuando tiene un sentido, por dura que sea, sienta bien.

Para el corredor de fondo veterano lo normal es esa mezcla, esa combinación, de dolor y placer, de alegría y pena, en la que ningún sabor, ningún color desaparece, y todos se aprecian simultáneamente.

Pasos dolorosos, pasos placenteros, todos forman un duro, un maravilloso, un rico y emocionante camino.