miércoles, 18 de noviembre de 2015

Maratón de Berlín 2015



“No, hombre, no puede ser”. Eso pensé allí, en tierra extraña. Berlín, kilómetro 27 del maratón. Lo pensé cuando me dieron un par de pinchacitos en el aductor izquierdo. Había notado la zona cargada ya hacía un tiempo. Y de repente eso, que no sabía entonces si era una señal de advertencia o de emergencia extrema.
Hasta entonces todo había ido bien. Corría con relativa facilidad y el ritmo era próximo al deseado. Pero ahora, cuando menos durante un tiempo, había que adaptarse a la situación. Era necesario correr a la defensiva. Es más difícil correr así. El temor se convierte en una carga: la táctica la marca un pensamiento negativo, y a la cabeza se le hace todo más difícil.
Además resulta complicado decidir cuanta prudencia es necesaria. En mi caso, hice un pacto condicionado: mientras aquello no fuera a más, mi objetivo sería mantener el ritmo suficiente para bajar mi mejor marca. Había entrenado mucho para conseguirlo, y no quería renunciar a ello sino era inevitable. Por supuesto, si aquello se agravaba, se activarían los mecanismos de supervivencia e intentaría llegar a la meta como fuera. Al menos eso, evitar la derrota.
Puede que entonces pensara que no era justo que algo me estropeara aquello por lo que me había esforzado mucho, y que hasta ese momento de la carrera tenía al alcance. Era un pensamiento inútil, y además era un pensamiento bastante incorrecto estadísticamente: es muy probable que en al menos 1 de 8 maratones ocurra algo imprevisto que resulte perjudicial.
En cualquier esa idea es reflejo de un estado mental negativo, por lo que era conveniente reducir al máximo el pensamiento consciente, y conectar el piloto automático. Fijar objetivo y velocidad de crucero, y concentrarse absolutamente en eso.
Ya que suena poco poético y nada épico, pero la verdad es esa. No puedo escribir ningún manual de autoayuda, con pensamientos mágicos que sirvan para estimular y motivar en los momentos más complicados.
La belleza no hay que buscarla en el gobierno sino en el motor. Lo que me impulsa, las personas, las ilusiones, los deseos, los recuerdos, las emociones, todo lo que alimenta mi voluntad y me da fuerzas, está ahí, inconsciente, generado y almacenado dentro durante meses, o quizá durante toda una vida.
Claro que a veces si hay imágenes, nacidas en la memoria o la imaginación, que estimulan. No pensamientos elaborados. Sólo destellos, una especie de espejismos, en los que veo el rostro alguien que me acompaña en la aventura, o de alguno con los que he compartido entrenamientos, sobre todo los más duros, o de aquellos que los han dirigido. Y los veo felicitándome, compartiendo conmigo el logro. Un anticipo de lo que podría ser, que consigue que me comprometa más en el empeño.
Bajé el ritmo unos kilómetros, y afortunadamente, la amenaza seguía siendo sólo eso. Así que hice cálculos y fijé la velocidad mínima en 5 min/km.
Del kilómetro 32 al 35, quizá por el efecto del segundo gel, quizá porque había una pequeña bajada aunque con poca pendiente, recupere velocidad y por un breve momento, creí que podría aguantar hasta el final la velocidad que había sostenido hasta el 27.
Pero no...cansado, con las piernas cargadas y una zona en alerta, a partir del 35 no pude optar más que por reafirmar mi propósito de mantener esa velocidad mínima que me permitiera lograr la marca.
Son momentos en los sentí una tentación muy fuerte de abandonar mi propósito. De lograr algo de comodidad. Pero la diferencia que en recompensa suponía el conseguir bajar del 3:28:40 de Ámsterdam, me mantuvo firme. No iba a ser ya mi marca soñada, pero era todavía algo muy valioso.
Sufría para mantener el ritmo. Levantar los pies es todo un reto cuando la gravedad parece haberse multiplicado por 10. Ni los ánimos de la gente, ni el que llegaran unas calles que ya me eran conocidas, me aliviaba. No puede decir que entonces disfrutara. Y, sí me hice la típica pregunta: ¿Merece la pena? No ya por lo que estaba pasando en esa carrera, sino por todos los esfuerzos acumulados durante las semanas de preparación. Madrugar y convencerse para correr dos horas, cuando el día anterior se madrugó y se corrió 70 minutos. Hacer series con un calor infernal, tratar de mantener el ritmo hasta los metros finales del último mil cuando ya se está agotado… Por fortuna, tengo la experiencia suficiente como para saber que no era el momento de buscar una respuesta a esa pregunta. Dejémosla para más adelante.
Son momentos en los que me siento muy frágil, en los que no sé lo que daría porque alguien conocido me acompañara o al menos me animara un instante. Son momentos en los que se siente la soledad, se echa en falta. Quizá más por estar en el extranjero.
Escucho unas palabras en español, y me provocan una extraña e intensa reacción patriótica. Es un grupito que me adelanta. Por un momento intento unirme. No puedo. Quedan apenas tres kilómetros. Así dicho parece muy poco. Quien no haya corrido un maratón seguramente pensará que, a poca fuerza que quede, la cercanía de la meta es estímulo suficiente para acelerar el paso. No es así. Lo normal es que ocurra como me sucedió a mí, que uno llegue tan justo, que tres kilómetros sigue pareciendo mucho, y no varía el pensamiento que lleva fijo ya mucho tiempo “sigue, no cedas”.
Y llega el último kilómetro y se ve la puerta de Brandenburgo, y sí es bonito, y hay emoción, pero la concentración por seguir hace que no viva ese momento con la tranquilidad y el placer que había imaginado. Sólo cuando se pasa esa puerta, y ya, por fin, se divisa la meta, me relajo y surge la sonrisa.
Logro el 3:27 y entonces hay mucho de deseo de compartirlo. Como no hay nadie conocido cerca, dejo que me hagan unas fotos. Al menos así, los que la vean, aunque sea en diferido y de modo muy imperfecto serán partícipes del momento.
Es momento ahora de volver a la pregunta de antes: ¿Merece la pena? Entonces es fácil decir que sí. Feliz, orgulloso, sintiéndose satisfecho, un poco héroe.
Pero ¿y si no hubiera logrado mi propósito? Si con el mismo  la misma lucha, mi marca hubiera sido muy superior, o incluso si no hubiera logrado terminar. No estuvo muy lejos de suceder; sé que estuve al límite de que el dolor hubiera ido a más y no hubiera podido seguir corriendo. Si hubiera fracasado, porque fracasar es no lograr lo deseado, me habría sentido muy decepcionado, quizá de mal humor y triste. Pero sé que pasado un tiempo, cuando hubiera escrito otra crónica como ésta, pensaría que el mérito es el mismo, porque el mérito no debe depender del resultado, sino del trabajo, del empeño, del sacrificio. Pensaría que la experiencia habría sido muy valiosa igualmente, que habría sentido, que habría vivido, que había aprendido. Que el dolor, el cansancio había sido un precio justo. Que de nuevo había aumentado mi capacidad para continuar, cuando había que hacerlo a pesar de los pesares , en contra del mundo, o aún peor en contra de mí mismo.
Porque la mayor mejora que uno aspira a conseguir en un maratón, no en la carrera, sino en todo el proceso, en toda la historia, desde la inscripción hasta la meta, no es la que puede marcar el crono, sino que se produce en el interior.

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