domingo, 6 de marzo de 2016

Cuando el aplauso no depende del resultado



Un pabellón lleno en Madrid. Una oportunidad nada frecuente de ver atletismo. Ocho y veinte de la tarde de un sábado. Víctor García, justo antes de la final de 3000 metros, tratando de mantenerse concentrado, pasa por la recta de meta en la que se puede ver una gran pancarta que tiene mucho que ver con él. Detrás de ella, muchas camisetas moradas. Y de esa zona de la grada surge un gran aplauso, y muchos gritos que quieren hacerse oír: “Vamos Víctor. Ánimo Víctor”.
El resultado es algo objetivo un dato, un resumen, un titular. Puede parecer que lo dice todo pero es una información muy incompleta. Una de esas simplificaciones con las que nos manejamos.
El buen resultado no cuenta el camino por el que se ha llegado a él, y el malo no explica las razones por las que aparece. Se puede lograr un gran resultado con ayuda de la fortuna o favorecidos por  una injusticia. También haciendo trampas. O sin conseguir el respeto de los rivales, ni el aprecio del público, mostrándose arrogante e irrespetuoso. Por el contrario, puede que no se consiga lo pretendido pese a poseer un gran talento, esforzarse más que nadie y tener un comportamiento ejemplar.
Pero cuando se sabe todo, o al menos  gran parte, de lo que hay detrás de un resultado, sea bueno o malo, y se conoce a quien lo protagoniza, el resultado es sólo una parte más de una historia; ni siquiera la parte más importante.
Los muchos Vgs que ayer acudimos al campeonato de España de atletismo en pista cubierta tenemos la suerte de conocer a Víctor García. Se empieza admirándolo por sus éxitos en la pista. Con el paso del tiempo se mantiene esa admiración, pero añadiéndola cercanía y calidez. La persona vale tanto o más que el atleta. Nuestra opinión de él se enriquece con el trato frecuente, con la forma en que se preocupa y trabaja por nosotros, y por los valores que tanto él como Rocío Benito transmiten al grupo. Esforzarse al máximo por conseguir lo que uno se propone, y a la vez disfrutar del proceso necesario para lograrlo. Valorar y animar al que gana carreras tanto como al que sólo pretende llegar a meta; tanto mérito puede tener uno como otro, cada uno tiene sus posibilidades y dificultades.
Así que los que allí estábamos, con nuestros colores de equipo, representantes también de otros muchos que no pudieron estar, teníamos muchos motivos para aplaudir y animar independientes del resultado. Estábamos muy ilusionados simplemente por poder verle compitiendo en vivo, tan cerca. Porque él nos pudiese oír mientras estaba en carrera. El nerviosismo que sentimos cuando lo vimos calentando, tenía más que ver con ver correr a un amigo que a un ídolo.
Al final tercer puesto, muy buen resultado, sobre todo teniendo en cuenta que llegó después de una semana muy complicada, con mucha fiebre. Sin enfermedad, las posibilidades de triunfo hubieran sido muy altas. Y sí, la fiesta y la alegría hubieran sido aún más grandes. Pero el aplauso no hubiera sonado más fuerte, ni hubiera sido más sincero. Esa ovación tiene un impulso mucho más profundo y permanente que un resultado.  

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