MARATÓN BARCELONA 16 DE MARZO DE 2014
EL SABOR DE LA NARANJA
Empecemos con un pequeño ejercicio muy importante para entender bien este relato. Trata de recordar el sabor de la mejor naranja que nunca hayas probado, y después trata de aumentar aún más la intensidad de ese sabor. Disfruta por un momento de esa sensación tan agradable y ahora empieza a leer.
Situémonos ahora en esa preciosa ciudad que es Barcelona, en un magnífico día soleado, demasiado caluroso para una maratón, pero el magnífico día no sabe a qué piensan dedicarse esos miles de seres agitados. Estoy, en el momento que empiezo a contarles, en el kilómetro 28. Me duelen las piernas sobre todo la derecha y no me encuentro con mucha energía. No es sorprendente; he llegado aquí sin curar del todo algunos problemas musculares y con una preparación que al final se ha estropeado. Así que parece lo normal. Uno siempre espera que quizá ocurra lo soñado y no lo razonablemente previsto…pero no. Lo probable suele imponerse.
Así que bueno, a pensar en llegar. Sólo en llegar. Y digo sólo no como objetivo menor, sino como único pensamiento en el que enfocar toda mi energía. Me noto lento. Hace un rato que voy de delante de una chica que me parece que va muy despacio y no la alcanzo. Al contrario, se aleja. Me pregunto a qué ritmo voy. Miro mi garmin ¿Tan lento? Sabía que…¿pero tanto?
Y no puedo ir más. No, no me siento capaz de ir más rápido. Sólo me queda esperar que la reserva me dé para llegar a meta. Todavía 13 kilómetros por delante.
Me va a costar, claro que me va a costar pero lo voy a hacer. Voy a llegar. Corriendo. Sin andar. Al ritmo que sea pero corriendo. Los que me vean puede que no aprecien una gran diferencia, pero para mí supone la frontera de la rendición. Si ando es porque no puedo más, porque me veo forzado a hacerlo. Si tengo que andar por necesidad, también llegaré aunque sea así. Pero no porque decida ir un poco más cómodo. Quizá no lo entiendas. Bueno, piensa en un reto que te hayas planteado; seguramente te hayas marcado también tus propias reglas ¿no? No es solo es cuestión de conseguir lo que te propones sino también lograrlo a tu manera, de la forma en que te hace sentir bien.
Voy despacio y me pasa gente. Mucha gente. Esto me desanima un poco. No poder seguir a nadie, quedarme atrás. Y quizá, trabajando el inconsciente, sea algo que aumente mi fatiga. Aunque no pienso mucho en ello. Una de las ventajas de correr frente a otros deportes es que miles de historias de éxito son compatibles. El triunfo de otro no afecta al mío y viceversa.
Miles de historias de triunfo. Por qué hay tantos posibles tipos de triunfo como personas y situaciones. Por qué creer que el éxito sólo se alcanza cumpliendo un guion rígido, alcanzando resultados objetivos es tener una visión muy pobre. No voy hacer marca, voy a llegar de los últimos, si sufriré para alcanzar la meta ¿y qué? Cada uno, con honestidad y sin complacencia, puede saber lo que para él en ese momento es un triunfo. Y sentirse muy satisfecho con lo que para otro no tendría valor.
Para mí hoy, tal y como estoy, llegar es el triunfo. Seguir. Aguantar. Y tiene mucho valor. Mucho. Merece todo mi esfuerzo. Merece sentir dolor, apretar los dientes, sudar cada paso.
Tener sed. Bebo, bebo más que nunca. Sentid algo que os refresca mucho. Para mi es una alivio que desaparece casi al instante. Pero tú puedes quedarte más tiempo con esa sensación. Sigamos.
No quedan muchos kilómetros, pero cuando el avance tiende a cero la distancia se hace infinita…El tiempo ya no es una variable a tener en cuenta. Cuesta y voy despacio pero seguiré sin andar. Aunque a veces, fijate, surge una idea: si mi gemelo al límite dijera que ya no más me tendría que detener. Y por unos segundos la idea resulta agradable. Salir de esta, ya, ahorrándose una hora más de esfuerzo, y sin culpa. Perdón, son tonterías, pero en ese estado, espero que me comprendas. Sigamos. Sigamos.
Hace calor. El sol pega fuerte. Quizá sino fuera tan cansado no lo notaría tanto, pero el caso es que voy tan cansado, y sí que lo noto. Pero veo que los demás también. Todos buscamos la sombra. ¡Una ducha! Allá que vamos. Sentid esa sensación del agua fresca, siendo recibida como lluvia anhelada. Continuemos, aún nos queda mucho camino.
Después de varias eternidades, llego al 35. El speaker comenta que ya solo nos falta un entreno corto. Es una frase con buena intención que si estuviera mejor me ayudaría. Pero estando así, “corto” es un concepto que no puedo asimilar. Sigo mi paso, casi sin levantar las piernas. Solo adelanto a los que van andando. Pienso que quizá alguno de ellos no se encuentre mejor que yo y ha cedido. Y eso me refuerza. Ya sé, ya sé. Es un pensamiento sin fundamento. Qué sabemos. No conocemos la historia de cada uno de ellos. De los miles que compartimos el camino solo conozco a mis compañeros. A Javier Mesa y Pablo MGallardo, que están fuertes y sé que harán un gran tiempo. Al otro gran Javi que está dispuesto a sacrificarse para no perderse estas aventuras, mientras nosotros nos ocupamos de que no se pierda a sí mismo. Y a Rocio MP que tan mal lo ha pasado el mes anterior, pero que ha podido salir y que sé que llegara. Hará lo que sea por llegar. Y pensando en ellos me reafirmo. Tengo que poder celebrarlo con ellos, sabiendo que yo también he cumplido. Sintiéndome satisfecho de lo hecho.
Aunque mi costoso marchar no me deja disfrutar demasiado del exterior, a veces me llega alguna imagen del bello recorrido con la fuerza suficiente para quedar grabada. Como la de la Sagrada Familia a lo lejos. Y resulta emocionante esa belleza, percibida en un estado de fragilidad. Más emocionante aún porque uno también atribuye belleza a lo que está haciendo, a su peregrinaje. Estoy donde elegiría estar, haciendo lo que elegiría hacer; eso sí, sufriendo un poco. Algo así como ser torturado en el paraíso.
36, 37 zonas bonitas con mucha gente. Animan con ganas. Sentid sus aplausos, contagiaros de su energía. Alguno ve mi cara, lee mi dorsal, y dice “Vamos Fernando” o “Vinga Fernando”. Se agradece de verdad. Se agradece con la duradera gratitud con que uno recibe el apoyo cuando lo necesita. Gente animando a gente que se esfuerza, gente que no se preocupa de donde son esos corredores. Da igual el idioma cuando se percibe la buena intención. Es bonito eso, ¿verdad?
38,39 ya hace tiempo que no son las piernas las que me impulsan. Al contrario, sobre todo la derecha es una carga. El empuje sale de un punto no localizado que lanza una orden permanente de seguir, haciendo lo que sea, siendo lo que sea, pero seguir mientras se puede. Para que lo reconozcas mejor te diré que es el mismo punto indeterminado que te anima a aprovechar cada instante.
Kilómetro 40: Colón. En otras circunstancias momento de apretar los dientes y dar todo lo que queda. Pero ya hace mucho rato que mantengo los dientes apretados. Y no hay forma de que el ritmo cambie. Ahora además subimos. Son sensaciones muy distintas a los de otros maratones en las que en esos momentos daba todo lo que tenía para conseguir superar mi mejor marca. No estoy viviendo el estado deseado, pero estas emociones también forman parte de la educación sentimental del corredor.
41 y voy llegando. Ahora sí que voy mirando el reloj, voy comprobando que cada vez faltan cien metros menos. Es mi particular cuenta atrás. Un voluntario me anima desde muy cerca; gracias. Solo 400 para llegar a las torres venecianas de Plaza de España. 200. 100. Paso por el 42. Se ve la meta, se ve el palacio de Montjuic, se ven muchos brazos alzados.
Ni ahora puedo incrementar el paso. Ya llego. Lo terminé. Lo celebro casi sin fuerza. Cruzo la meta. Ay, uff, qué gran alivio. No surge entonces la alegría. He llegado sí, pero aún no he salido todavía del trance en el que he estado estos 13 últimos kilómetros.
“Ten Fernando, te lo has ganado”- me dice un voluntario al ponerme la medalla. Gracias. Sí, creo que se puede decir que sí. Miro la medalla. Ahora sí comienzo a sentirme alegre. No es un premio de consolación, es un trofeo. Para siempre. Surge un orgullo humilde, limpio de vanidad y presunción.
¿Mantienes aún viva la sensación del sabor de la naranja? Si la has perdido recupérala, porque ahora llega el momento de la historia en la que aparece.
Zona de recuperación. Avituallamiento sólido. Hay una larga mesa llena de plátanos y naranjas. Como un plátano. Buenísimo. Cojo una naranja. Y sí. Ese sabor. Ese sabor que hubiera sido imposible percibir de no haber llegado hasta allí después de tanto esfuerzo. Esa sensación nueva, poderosa, enriquecedora, que agudiza nuestro paladar, que aumenta nuestra capacidad de sentir. Esa sensación que se vive y se captura, quedando para siempre. Esa sensación es la que da pleno sentido a esta historia.
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