lunes, 5 de mayo de 2014

Maratón de Madrid

27 de Abril de 2014

Los latidos de mi corazón


Ciento cincuenta y nueve. Esa fue la media de mis pulsaciones durante la maratón. Treinta y seis mil ochocientos latidos en total. Si pienso en esa media, en esa actividad, creo que podría decir, como la canción, que “mi corazón es un músculo sano pero necesita acción”.
Mi corazón como músculo da gusto. Uno pretende que Madrid no sea, como Barcelona, una carrera agónica, y salvo por el dolor de piernas en el demoledor final lo consigue. Y entrenarlo no tiene mucho misterio, es cuestión de tiempo y paciencia.
Pero hay otro corazón. Otro del que nada saben biología o medicina. Otro que sin necesidad de mecánica es el verdadero impulsor. Normalmente, sobre todo en esto del correr, se le llama cabeza. Yo diría que la cabeza crea las ideas pero es el corazón el que reacciona ante ellas o, de otra manera, la cabeza es el teclado del piano y el corazón sus cuerdas.
Ese otro corazón se alegra cuando puede disfrutar de una carrera con un tiempo magnífico, se excita cuando se acerca la hora de salida, se siente de maravilla en una primera parte de la carrera que ahora es más bonita y animada, se ensancha cuando recibe aplausos de mucha gente muy cerca, se indigna cuando ve que otros corredores no piensan en los demás y tiran tapones, botellas y pieles de plátano en medio de la carretera, se reconcilia con la humanidad cuando ve que hay quien se preocupa por el que va mal aunque sea la primera vez que le ve,  se empequeñece cuando en alguna zona como la Casa de Campo se sienten en un kilómetro cien años de soledad,  reniega cuando se sufre y todavía queda mucho y se pregunta por qué hacemos eso, se siente aliviado cuando llegan los últimos diez y está convencido de que se va a llegar por duro que sea el final, se angustia cuando ve pasarlo muy mal a otro corredor amigo y se llena de orgullo y entusiasmo cuando llegamos a la meta, y quizá entonces se hace más grande, aunque sea un poquito, ya para siempre.
Ese otro corazón no hay máquina de Dios que lo regule. Tampoco hay forma de entrenarlo, no al menos voluntaria y planificada, porque lo que le deja marcado es lo que ocurre de manera imprevista e incontrolada. Y no entiende nada de cifras, ni de cronos ni de clasificaciones, tan solo del número de sueños que se cumplen. Tampoco mucho de kilómetros, solo de la distancia entre vivencias y deseos.
Me decía Juan, espero que no le moleste que le cite, que el maratón es una versión reducida de la vida. Es verdad. Un corredor que ayer en la meta le pidió la mano a su novia dice que el maratón es como el amor: se pasan momentos de euforia, otros de bajón, pero al final siempre vuelve la euforia. También es verdad.
Por expresarlo también con palabras propias diría que el maratón es una experiencia tan intensa y tan vívida, que en ella ese otro corazón nos puede hacer experimentar en tres, cuatro, cinco horas, casi todas las emociones que podemos sentir en la vida. Podemos pasar de la alegría al drama y viceversa en un instante y por un detalle diminuto. Sentirnos reyes del mundo o exiliados del universo todo. Padecer temores paralizantes o descubrir el coraje del  superhéroe. Convertirnos en conquistadores o amurallarnos en lamentos. Fumarnos el entusiasmo sin pensar en la ceniza u ocultar debilidades bajo el orgullo. Podemos mezclar el dolor con el enorme placer de anticipar la gloria. Y todo eso ocurre mientras los latidos siguen regulares, mientras tratamos de continuar siendo una eficiente máquina cargada de caótica humanidad. Ese caos que a veces no ayuda al movimiento, pero que siempre le da sentido, valor y belleza.

Es verdad que si es el músculo el que falla la tragedia, que también llega en un instante, puede ser irreparable, mientras que las emociones casi siempre son reversibles. Pero si puedo pedir un deseo a quien pueda satisfacer cualquiera, es que no me falle el otro corazón, que siga haciéndome desear correr otros cincuenta maratones y otras memorables experiencias, que sea fuerte sin perder sensibilidad y que sus caprichos o vaivenes no hagan daño  a nadie. Ya procuraré yo que el músculo mantenga el ritmo para que no se detenga el baile. 

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