Maratón de Madrid
27 de Abril de 2014
Los latidos de mi corazón
Ciento cincuenta y nueve. Esa fue la media de mis
pulsaciones durante la maratón. Treinta y seis mil ochocientos latidos en total.
Si pienso en esa media, en esa actividad, creo que podría decir, como la
canción, que “mi corazón es un músculo sano pero necesita acción”.
Mi corazón como músculo da gusto. Uno pretende que Madrid no
sea, como Barcelona, una carrera agónica, y salvo por el dolor de piernas en el
demoledor final lo consigue. Y entrenarlo no tiene mucho misterio, es cuestión
de tiempo y paciencia.
Pero hay otro corazón. Otro del que nada saben biología o
medicina. Otro que sin necesidad de mecánica es el verdadero impulsor. Normalmente,
sobre todo en esto del correr, se le llama cabeza. Yo diría que la cabeza crea
las ideas pero es el corazón el que reacciona ante ellas o, de otra manera, la
cabeza es el teclado del piano y el corazón sus cuerdas.
Ese otro corazón se alegra cuando puede disfrutar de una
carrera con un tiempo magnífico, se excita cuando se acerca la hora de salida, se
siente de maravilla en una primera parte de la carrera que ahora es más bonita
y animada, se ensancha cuando recibe aplausos de mucha gente muy cerca, se
indigna cuando ve que otros corredores no piensan en los demás y tiran tapones,
botellas y pieles de plátano en medio de la carretera, se reconcilia con la
humanidad cuando ve que hay quien se preocupa por el que va mal aunque sea la
primera vez que le ve, se empequeñece
cuando en alguna zona como la Casa de Campo se sienten en un kilómetro cien
años de soledad, reniega cuando se sufre
y todavía queda mucho y se pregunta por qué hacemos eso, se siente aliviado
cuando llegan los últimos diez y está convencido de que se va a llegar por duro
que sea el final, se angustia cuando ve pasarlo muy mal a otro corredor amigo y
se llena de orgullo y entusiasmo cuando llegamos a la meta, y quizá entonces se
hace más grande, aunque sea un poquito, ya para siempre.
Ese otro corazón no hay máquina de Dios que lo regule.
Tampoco hay forma de entrenarlo, no al menos voluntaria y planificada, porque
lo que le deja marcado es lo que ocurre de manera imprevista e incontrolada. Y
no entiende nada de cifras, ni de cronos ni de clasificaciones, tan solo del
número de sueños que se cumplen. Tampoco mucho de kilómetros, solo de la distancia
entre vivencias y deseos.
Me decía Juan, espero que no le moleste que le cite, que el
maratón es una versión reducida de la vida. Es verdad. Un corredor que ayer en
la meta le pidió la mano a su novia dice que el maratón es como el amor: se
pasan momentos de euforia, otros de bajón, pero al final siempre vuelve la
euforia. También es verdad.
Por expresarlo también con palabras propias diría que el
maratón es una experiencia tan intensa y tan vívida, que en ella ese otro
corazón nos puede hacer experimentar en tres, cuatro, cinco horas, casi todas
las emociones que podemos sentir en la vida. Podemos pasar de la alegría al
drama y viceversa en un instante y por un detalle diminuto. Sentirnos reyes del
mundo o exiliados del universo todo. Padecer temores paralizantes o descubrir
el coraje del superhéroe. Convertirnos
en conquistadores o amurallarnos en lamentos. Fumarnos el entusiasmo sin pensar
en la ceniza u ocultar debilidades bajo el orgullo. Podemos mezclar el dolor
con el enorme placer de anticipar la gloria. Y todo eso ocurre mientras los
latidos siguen regulares, mientras tratamos de continuar siendo una eficiente
máquina cargada de caótica humanidad. Ese caos que a veces no ayuda al
movimiento, pero que siempre le da sentido, valor y belleza.
Es verdad que si es el músculo el que falla la tragedia, que
también llega en un instante, puede ser irreparable, mientras que las emociones
casi siempre son reversibles. Pero si puedo pedir un deseo a quien pueda satisfacer
cualquiera, es que no me falle el otro corazón, que siga haciéndome desear
correr otros cincuenta maratones y otras memorables experiencias, que sea
fuerte sin perder sensibilidad y que sus caprichos o vaivenes no hagan daño a nadie. Ya procuraré yo que el músculo
mantenga el ritmo para que no se detenga el baile.
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