sábado, 14 de diciembre de 2013

MARATÓN DE AMSTERDAM 2013




Ya se ve la entrada, la pista. Ya se ve, ya se ve. Esta vez no lo imagino como tantas veces. Cambia mi rostro, aparece el orgullo, se esconde en lo posible el cansancio. Tengo que presentarme como corresponde a un atleta que va a recibir una medalla en un Estadio Olímpico. Trato de buscar un paso digno de la ocasión, pero mis piernas, aunque también hayan ganado alegría, no están para exhibiciones. 
Ya sé que voy a hacer mi mejor marca. Es el final de mi guion más optimista. De película, aquí en Amsterdam, que al menos a los ojos de este españolito, parece algo irreal, un enorme escenario creado para un show de Truman maratoniano. En una ciudad como lugar así no sería extraño que todo resultará sencillo: que nos sirvieran una nueva cerveza mucho antes de acabar la que estamos bebiendo, que unos zuecos extra cómodos fueran unas mágicas zapatillas deportivas…Pero no ha sido fácil. Y mejor así. Hay incomodidades que aliñan la aventura. No dormir una noche para alcanzar el lugar de tus sueños es tan paradójico como memorable. 
No ha sido fácil hoy en la carrera, ha sido necesario saber sufrir. Quedan ya pocos pasos después de miles. Uno tras otro, venga y dale, derecha e izquierda en cadencia sostenida. No son más importantes estos, solo tienen la suerte de tener una recompensa inmediata. Más valiosos han sido aquellos en los que ha habido que apretar los dientes. Para dar esos me he apoyado en la experiencia. El recuerdo de haber sentido una fatiga similar ayuda: cuando vuelven los problemas, los dolores ya superados, sabemos que podemos derrotarlos. 
Tres horas y casi treinta minutos. Mucho tiempo para pensar. Y sin embargo apenas lo he hecho. Un único pensamiento voluntario: seguir, continuar, a ser posible al mismo ritmo. Una obsesión funcional que exprime la inercia. Una sola idea simple, maquinal, que hace que todo mi caos interior se mueva con un solo hombre. Y el resto de la mente dedicada a recibir: sensaciones de dentro, estímulos de fuera. Capturando e interpretando las señales, como un piloto en su tablero de mandos. Registrando imágenes y sonidos, como un turista ávido. Estando por completo entregado a un propósito. Presente como pocas veces. 
Pero no todo es presente. También hay algún recuerdo. Una cara sonriente que no está ni puede ya estar. No olvido, no quiero olvidar, pero es hora de mirar hacia adelante. 
Ser capaz de seguir, continuar. Esa ha sido la cualidad que me ha dado los mejores resultados de mi vida. No es una cualidad heroica pero es lo que hay. Y es una cualidad imperfecta, por supuesto. Con intermitencia, con algún parón, incluso con algún retroceso. Pero a pesar de todo manteniendo un camino elegido. Siendo fiel a una decisión pasada, a emociones, ideas, creencias, que merecen culto, que son dignas de obediencia. Ejercitando el arte de ser uno mismo y demostrando a los espectadores que es firme el propósito de mantener el rumbo anunciado. Continuando aunque se pierde la ilusión, la fe o incluso las ganas. Aunque solo sea porque no hay alternativa mejor, porque si uno se detiene y renuncia el Estadio no vendrá a ti, no se acercarán las metas, nadie acudirá para empujarte. Porque si se sigue cuando más cuesta, aunque no es seguro que se alcance el objetivo, es posible que lleguen momentos en los que se aparezca una inesperada recuperación o encontremos compañeros de esfuerzos que nos haga sentir menos cargados. 
Ahora estoy solo, como casi toda la carrera, pero no es esta una aventura solitaria. No lo fue cuando fue concebida y no lo es ahora, cuando finaliza aquello que la dio sentido. Habrá gente con la que no solo pueda compartir este logro sino todos los recuerdos de este viaje. En especial aquellos con quien he compartido vuelo, residencia y desayuno de campeones. Cuando ya los dos tengamos la medalla, me reencontraré con la ya tradicional sonrisa de alta potencia, con quien siempre me obsequia con una gran taza de su estupenda infusión de energía.
Llega este final que es el deseado. Pero ¿y si hoy no hubiera respondido el cuerpo, si hubiera sobrevalorado las fuerzas, si algo en mi se hubiera roto, o hubiera unido mi suerte a la de alguien que no hubiera tenido fortuna? ¿Cambiaría realmente la historia? Sí, por supuesto, no se sentiría la misma alegría. Daría rabia. Sentiría el impacto la confianza. Pero lo importante es que se pudo intentar. Que la voluntad de seguir nos permitió tener la posibilidad de vivir este día. Está historia es solo una pequeña parte de otra historia más grande. Si hoy no se hubiera logrado, esa voluntad, esa determinación sostenida, nos dará la opción de revancha. 
Muy poco queda ya. Después de todo el tiempo proyectando el momento…Y a la mente le da un poco de pena, pero el cuerpo le responde “tú igual no, pero yo ya he tenido bastante por hoy”.
Adelanto a un corredor ya muy fatigado. Pensar en haber superado a otros me da cierta satisfacción, debo confesar. No es solo vanidad, es la tardía venganza de un niño gordo. Pero lo importante es haber dejado atrás muchas sombras. 
Solo unos metros más. Ahora es el momento de mayor subidón. Orgullo y química. Si en el coffee shop no nos sirven ya me pongo yo doble ración de endorfinas. Lanzo mi brazo, puño cerrado. Un pequeño gesto para alguien expresivo un gran aullido para mí. Ya está. Meta. Pero no el final. Descansar, pero no mucho. Descender, pero no demasiado. Y empezar a enfocar un nuevo objetivo. Volver a pensar en dar el siguiente paso.

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