Necesito un plan. Eso se plantea cualquier maratoniano tras
haber elegido objetivo. La estrategia, compuesta de decenas de variadas
sesiones de entreno, que le lleve al éxito.
En algo que se emprende por ilusión, como ocurre con la
maratón, lo normal es soñar. Y nuestros sueños tienden a ser ambiciosos por
mucho que nuestros razonamientos sean prudentes. Esas ensoñaciones, unidas a la
autoestima aumentada por tener el valor de afrontar tan bello y exigente reto, permiten
alcanzar estados de euforia.
Con ese subidón deportivo, a alguien de mi generación, muy
influido por películas épicas como Rocky, Karate Kid…pues es normal que le dé por
pensar, “venga, que me pongan por delante 20 kilómetros, luego unas series de
3000, y después unas cuestas pindias, pero pindias pindias, pindias de verdad,
que me lo hago todo. Para empezar, luego ya vamos incrementando según se vaya
acercando la fecha”.
Afortunadamente este ataque de inocente y hermosa insensatez
no suele durar mucho. O bien alguien cercano, con más experiencia, nos hace ver
la realidad o nuestro propio cuerpo nos pone en nuestro lugar, dejándonos claro
que si el cerebro se quiere volver loco muy bien, pero que con él no contemos.
Ese entusiasmo es bonito y muy valioso. Ese deseo de
esforzarse, de luchar por algo que nos gusta, nos va a ayudar no sólo con el
entreno, sino en general a sentirnos mejor. Pero hay que tener cuidado de que
no se consuma muy pronto. Si nos pasamos en cuanto a dificultad, tiempo
dedicado y renuncias autoimpuestas, es posible que quememos nuestro mejor
combustible convirtiendo algo que nos debería hacer disfrutar en una carga
difícil de llevar. Mejor procurar conservar y dosificar ese entusiasmo para que
sea una pócima milagrosa en los momentos más duros. Al menos yo tengo que
guardarlo, porque si se me acaba no sé cuándo volverá a reaparecer. Los que
tienen un entusiasmo perenne no necesitarán eso. Qué suerte tienen los
condenaos.
Así que con sensatez hay que buscar un plan. Un plan
adecuado a nuestras capacidades, nuestro tiempo y lo que pretendemos alcanzar. Es
posible que cuando estemos planteándonos que es necesario para conseguir lo que
queremos, descubramos que debemos rebajar nuestras metas porque ningún plan
asumible nos va a permitir obtener el resultado soñado. Bueno, eso no debe
frustrarnos. Claro que hay imposibles aunque la publicidad deportiva se niegue
a admitirlo, pero también hay muchas logros que creemos inalcanzables pero sólo
lo son en el presente. Hacer posible en el momento elegido lo que ahora no lo
es debe ser el propósito. La medida más importante del resultado no se hará en
tiempo, sino en esfuerzo, superación y emociones.
En estos tiempos buscar suele significar googlear. Pero eso
en este caso es peligroso, sobre todo para los debutantes. Primero porque muchos
planes que circulan por la red me parecen completamente exagerados. Garantizan
resultados si uno no se lesiona gravemente o desfallece en el intento. Segundo
porque en esto como en casi todo no hay soluciones universales sino opciones
individuales. Y tercero porque si uno se pone a mirar todos los artículos de revistas,
páginas de “expertos”, y no digamos ya blogs de corredores, que hablan de cómo
preparar un maratón, lo que puede conseguir es mayor confusión, preocupación, y
una obsesión por los detalles de muy malas consecuencias.
Así que lo mejor es encontrar en quien confiar. Un buen
entrenador o en su defecto guerreros curtidos en muchas batallas kilométricas,
que puedan marcarnos el camino, y con los que podamos tener comunicación
continuada para ir adaptando el programa a los imprevistos que vayan surgiendo.
Qué el entrenador que controla tu plan sea un atleta de
élite, actual campeón de España, y además muy cercano y atento en lo personal, mala
opción no parece.
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