Estaba en Maratón, esperando para salir hacia Atenas. Para alguien
como yo, para quien la maratón es algo más que una carrera, ese lugar, ese
recorrido, tiene un poderoso significado. Ese algo especial y único, producto
del mito y la historia, que me ha hecho venir hasta aquí.
La primera maratón se corrió para dar una buena noticia,
para anunciar una victoria. Y yo en la salida, estoy deseando poder dar también
una buena noticia al terminar, a ser posible sin repetir el final de Filípides.
Creo estar mejor preparado que nunca, y aunque sé que esta
maratón es una de las menos adecuadas para hacer una buena marca, deseo que de
alguna manera se refleje mí estado de forma. Que se demuestre lo que me he esforzado, lo que me he cuidado o lo que no me he descuidado. Que luzca todo
el trabajo hecho con sentido e ilusión. Quiero que la noticia que transmita lo
pruebe, por mí y por todos los que han contribuido a ello. Lo deseo por mi
propio orgullo y por hacer que otros se sientan orgullosos.
Empiezo corriendo a gusto, cómodo, fácil, con buenas
sensaciones. No trata de forzar, pero tampoco me contengo. Disfruto, y creo que puedo mantenerme así mucho tiempo. Desde el principio los
griegos reparten ramas de olivo. Todo anuncia el éxito.
Pero en el kilómetro 10, algo cambia. No me gustan los
mensajes que me envían las piernas. Esas quejan tan tempranas no son normales,
pero espero que sean pasajeras. En el 15 el aviso es más serio: un pinchazo en
el gemelo.
En ese momento siento miedo. Me puedo romper muy lejos de la
meta, muy lejos de mi hotel, muy, muy lejos de mi casa. Puedo tener que parar,
y se terminará así la posibilidad de hacer 10 maratones sin abandono. No podré
dar buenas noticias.
Pero sigo corriendo. Me niego a aceptar que no va a poder
ser. Acepto las dificultades, acepto las limitaciones, pero si creyendo en mis
posibilidades. Trato de transformar el miedo en prudencia. Está bien, tengo que
ir más despacio. Bajaré el ritmo, si es necesario me pararé un poco, estiraré,
andaré…pero voy a llegar.
Aun cuando logre terminar, la noticia ya no será la que una esperaba
dar. El titular, la marca, no será muy llamativa. Estará lejos de mi mejor
tiempo. Quedan casi treinta kilómetros a meta. Y por delante todo la parte más
dura de este maratón: los 14 kilómetros de ascenso. Mucho espacio y mucho
tiempo para vivirlo con sufrimiento y pensamientos oscuros. No me va a ayudar
lamentarme de la mala suerte, dar cada paso con miedo, pensar en el resto del
recorrido como un muy prolongado camino de sufrimiento. Sé que estas ideas, u
otras similares, van a aparecer cientos de veces durante lo que queda carrera:
cuando sienta un dolor muscular, cuando me moleste el estómago, o cuando el
cansancio se convierta en una carga muy pesada. No puedo impedir que me visiten, pero las debo acompañar a la salida.
Tengo que contármelo de otra manera para vivirlo de otra
manera. Si llego desde luego para mi será una buena noticia, muy buena, y sé
que los que me conocen y saben las dificultades que toda maratón implica, y las
particulares que ésta tiene, lo valoraran. Además aquellos a quienes les
importo no se quedarán en el titular, se interesarán por toda la historia. Si
yo la cuento con alegría ellos la compartirán.
Si llego, da igual cuando, será mi décimo maratón. Coño, eso
es mucho. Para eso he venido aquí. Para alcanzar la décima de una manera muy
especial. Si cruzo la meta, no sólo esta historia terminará bien, si no que
añadirá belleza a otra mucho más larga iniciada hace cuatro años. Para
sentirme más fuerte, pienso en las pulseras que llevo, y el apoyo que
representan. Pienso en la camiseta que me recuerda que formo parte de un
equipo. Pienso en los que me están siguiendo por el móvil. Pienso en su
preocupación cuando vean que he bajado bastante el ritmo. No quiero
decepcionarlos. Anticipo su alegría cuando llegue. Imagino sus
mensajes, sus felicitaciones, sus reacciones cuando hable con ellos, cuando los
vuelva a ver.
Llevo tres kilómetros desde el pinchazo y puedo seguir
corriendo. Eso supone que no hay nada roto, que ha sido sólo una señal de
alarma, y el gemelo, por qué no, puede aguantar así, si no le fuerzo demasiado,
hasta el final. Estoy más tranquilo. Trato de convencerme de que seré capaz.
Pienso en otras ocasiones en que se ha puesto complicado pero he podido. Toco
la insignia de la Virgen del Rocío, que está bien instruida por su protegida maratoniana, y que me defenderá si es que los dioses griegos están en mi contra.
Es muy conocida la mitología griega. Sus leyendas, sus
héroes, semidioses que protagonizan hazañas épicas. Mi historia nada tiene que
ver con ellas. No nací con una fuerza sobrehumana, ni con un talento o una
habilidad extraordinaria. Todo en mí es mucho más común. Mi mérito está en
superar fragilidades y debilidades y seguir adelante. Continuar, lo mejor que
puedo, aunque mis progresos sean lentos. Como la tortuga de la fábula.
Empiezan las cuestas, el sol pega ya con bastante fuerza. Se
hace duro por momentos, sobre todo cuando llegando al final de una subida, el
viento en contra, aunque no muy fuerte, lo pone aún más difícil. Corremos por
una carretera con poca protección al viento, y con bastante terreno despoblado.
Todo es mucho más sencillo cuando pasamos por un pueblo. Sin
la necesidad de concentrarme en un ritmo, sin tener que vigilar el reloj, puedo
advertir todo lo que ocurre a mí alrededor y puedo disfrutar de ello. Los
griegos animan mucho. Aprovecho el empujón de los “Bravos”, ánimos,
la mayoría, dirigidos a todos. En alguna ocasión oí un Fernando. Vale, yo
también creo que probablemente sólo lo creí oír, pero la alegría me la llevé y
me aligero unos cientos de metros. Doy palmadas con los niños. No sé
cuántas; más de 100 seguro. A veces hay que agacharse, no importa. Mira ese que
majo, con la camiseta de la selección española.
Estoy ya cerca del kilómetro 30. Lo bueno es que lo veo
bastante posible. Creo que llegaré aunque sea andando. Lo malo es que estoy ya
bastante harto de tanta subida y todavía quedan algunas largas rectas que
ascender.
Si no importa la marca, ¿por qué no ando? Porque no sería lo
mismo, no sería la misma historia. La visión que yo tendría de esta experiencia
y de mi mismo sería distinta. Lo que si me permito es un minuto de reposo, quizá
algo menos, en el avituallamiento del 30 para tomarme una coca cola y comer un
trozo de plátano. Lo hago porque tengo el estómago fastidiado de tanto beber y
de estar más de cuatro horas sin comer. Lo hago porque nunca lo he hecho en ninguna otra maratón y
me apetece experimentarlo. Es un acierto. Un gustazo.
Sigo adelante, la última cuesta larga. Entonces me encuentro
con un español. Nos preguntamos. Tampoco él va muy fino. Los dos alcanzamos al
equipo Atena: un padre catalán y su hija en silla de ruedas. Él está sufriendo en
la cuesta, y ella nos pide que ayudemos. Los dos empujamos unos cientos de
metros. Esa pequeña colaboración con una hermosa causa me hace sentirme bien. Además
empieza ahora el terreno más favorable. Lo veo todo con más optimismo. Hasta
le encuentro un sentido a todo lo que ha ocurrido. Pienso que si los
dioses quieren castigar de verdad, te hacen padecer un mal contra el que nada
se puede hacer, que convierte toda lucha en inútil. Pero si te enfrentan a algo
a lo que puedes vencer, aunque sea tras una dolorosa y prolongada batalla, no
te castigan, te ponen a prueba.
He podido experimentar de una manera intensa y bonita una
maratón mítica. He aprendido tanto o más de este día de lo que hubiera hecho en
las condiciones perfectas. Y mi alegría no será menor, probablemente sea mayor,
que la que alcanzaría en mi carrera ideal, unos minutos más rápida. Es un día
muy bonito, estoy en una maratón mítica, hay que gozarlo.
Pero esto no ha acabado, y aunque mi mente está más luminosa
y el final más próximo, sigue sin ser fácil. Todavía hay que correr una
distancia que, con las piernas tan doloridas, parece interminable. Además ya me
noto muy fatigado. Ya siento encima el traje de buzo. Y eso que por el tema del
pinchazo bajé el ritmo. Si no es por eso, si hubiera querido seguir manteniendo
la máxima velocidad sostenible, probablemente en estos kilómetros finales
estaría muerto y mi resultado no hubiera sido mejor.
Todavía no estoy nada seguro de que pueda seguir corriendo
hasta el final, pero si lo estoy de que llegaré. Cuando miro el Garmin, veo que
estoy yendo a mejor ritmo. Por primera vez calculo cuál puede ser mí
tiempo final: si no me detengo, menos de cuatro horas, lo que no
está nada mal.
En los últimos kilómetros, me encuentro animado, pero me
sigue costando mucho. Y agradezco que esto no sea aún más largo, que, como
diría mi amiga Laura, Maratón no estuviera más lejos de Atenas. Tacho cada
kilómetro que recorro como si fuera un día menos de condena.
Llega el 41 me doy cuenta de que ya empieza el descenso
continuado hasta el estadio. Entonces, ya sí, todo lo malo se olvida y empiezo
a celebrarlo. Es emocionante. Por un momento lo vi perdido, durante mucho
tiempo he temido tener que parar, pero voy a llegar, voy a terminar, y lo voy a
hacer corriendo.
Entró en el estadio milenario. Levanto los brazos. Estoy muy
contento. Esa recta sí que se me hace corta. Me gustaría poder disfrutar más
tiempo de ese estado. Es orgullo, es agradecimiento, es plenitud, es una
alegría generada durante cuatro años.
La noticia llega, incluso antes de que yo la transmita, gracias a las
adelantos modernos. Y la noticia es, como fue la primera vez, que “Hemos
vencido”, no sólo yo, también los que planean y vigilan mis entrenos, los que entrenan
o entrenaron conmigo, los que comparten conmigo mucho más que largos rodajes,
aquellos que estaban cerca cuando alcancé otras metas, los que animan y se
preocupan. Todos aquellos que tengo en mente cuando corro, y me dan aliento
aunque estén muy lejos.
Y no sólo nosotros hemos vencido, otros miles de corredores,
y los que en su triunfo participan, lo han hecho ese día, allí en Atenas. Miles
de historias, que hablan de logro gracias al esfuerzo, de celebración de la
vida, de apoyo mutuo. Miles de buenas noticias que tanto necesitamos.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario